Si hay un director calificado en Latinoamérica para hacer una película sobre el holocausto que la Iglesia Católica llevó adelante a través del Santo Oficio en el siglo XVI, ese director es Arturo Ripstein.
Habituado como está a desmenuzar, casi a viviseccionar los conflictos del ser humano hasta sus mínimos detalles, solo él podía realizar la gran película que el tema merece.
Como he dicho en otras oportunidades, la iglesia católica no perdió una guerra, sino hoy nombrar al gobierno de los papas sería sinónimo de horribles matanzas, torturas y apropiación de bienes tal como ha quedado el gobierno de Hitler grabado a fuego en el inconsciente popular.
Basado en el guión elaborado en colaboración con José Emilio Pacheco, Ripstein describe como un sacerdote dominico que asiste al funeral de su padre se entera por primera vez que su familia judía conversa sigue en secreto los ritos judíos. El seguir los ritos judíos es suficiente para que la Santa Inquisición, en este caso la sucursal mexicana, secuestre, torture e incaute los bienes de la familia. Solo hace falta una denuncia y quien es el denunciante sino el propio hijo, sacerdote dominico.
De allí en más se desata una tormenta de insultos y menosprecio hacia nuestra raza humana que solo el propio ser humano es capaz de llevar a cabo. En este caso, todas las atrocidades son causadas por la propagación de una peste, que para los obispos y cardenales de la iglesia católica es un claro indicio de la maldad de los judíos. Son los judíos quienes han causado la peste, por lo tanto hay que exterminarlos y quedarse con sus bienes.
Como todos los filmes de Arturo Ripstein, es imposible dejar de ver "El Santo Oficio" porque atrapa desde un principio, aunque el sabor sea tan amargo profese el espectador la religión que profese.
Todos los detalles técnicos son perfectos, la iluminación, la fotografía, los actores, la música. Nadie puede dudar que estamos asistiendo en persona a un pedazo de nuestra historia.
Voy a calificar con 8 puntos a la película, porque el tema es tan triste que no puede ser contemplado con felicidad, ni tan siquiera con ternura.
Bienvenido a mi mundo
gracias por la imagen a Germán Banchio
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miércoles, 10 de julio de 2013
sábado, 26 de enero de 2013
La invención de Morel (Emidio Greco, 1974)
Esta película italiana, del año 1974, hubiera pasado para mí totalmente desconocida, de no haberse basado en la novela de Adolfo Bioy Casares. Eso fue lo que despertó mi curiosidad. Como no leí la novela todo era virgen al ver la película y no sabía en qué iba a desembocar.
Pero debería haberlo previsto, conociendo la estrecha colaboración que Bioy tuvo con Borges, no era de extrañar que todo estuviese construído sobre una descomunal paradoja del tiempo y el espacio.
No estoy aquí para hablar del argumento de la novela, porque ese no es el objeto de este blog, pero indudablemente, más que en otros casos, esta película es lo que es, gracias a la imaginación desbordada de Bioy Casares.
El éxito del realizador italiano Emidio Castro, fallecido recientemente el año pasado, fue dar imagen y movimiento a la paradoja de Bioy para que resultara creíble. Estando la trama situada en los años 20 nada mejor que invocar la imaginería de los pintores futuristas logrando entonces envolver toda la película en la magia de esos escenarios.
10 puntos para la dirección de arte, para la escenografía y para la fotografía.
De los actores, aparte de la natural sugestión de Anna Karina, no hay mención especial que hacer, cumplen con su papel paseándose por las bellas imágenes, pero podrían haber sido otros los actores que el resultado no hubiera cambiado.
Entonces desde mi punto de vista, qué es lo que justifica ver esta película, la transposición a la imagen de la novela de Bioy Casares y la hermosa puesta en escena.
Sobre 10 puntos se merece un 7.
Pero debería haberlo previsto, conociendo la estrecha colaboración que Bioy tuvo con Borges, no era de extrañar que todo estuviese construído sobre una descomunal paradoja del tiempo y el espacio.
No estoy aquí para hablar del argumento de la novela, porque ese no es el objeto de este blog, pero indudablemente, más que en otros casos, esta película es lo que es, gracias a la imaginación desbordada de Bioy Casares.
El éxito del realizador italiano Emidio Castro, fallecido recientemente el año pasado, fue dar imagen y movimiento a la paradoja de Bioy para que resultara creíble. Estando la trama situada en los años 20 nada mejor que invocar la imaginería de los pintores futuristas logrando entonces envolver toda la película en la magia de esos escenarios.
10 puntos para la dirección de arte, para la escenografía y para la fotografía.
De los actores, aparte de la natural sugestión de Anna Karina, no hay mención especial que hacer, cumplen con su papel paseándose por las bellas imágenes, pero podrían haber sido otros los actores que el resultado no hubiera cambiado.
Entonces desde mi punto de vista, qué es lo que justifica ver esta película, la transposición a la imagen de la novela de Bioy Casares y la hermosa puesta en escena.
Sobre 10 puntos se merece un 7.
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