El canto del cisne de Alain Resnais. Su última obra cinematográfica.
Basada en una pieza teatral de Alan Ayckbourn (Life of Riley), está trasplantada al marco cinematográfico de un modo muy particular por Resnais.
Por de pronto, cada escena se desarrolla en un escenario teatral-cinematográfico, donde las entradas son pesadas cortinas de material plástico. Los personajes dicen sus líneas y luego se esfuman para dar paso a la siguiente escena.
Todo el argumento gira alrededor de George Riley y de su cáncer terminal, George sin embargo no aparecerá en toda la obra pero será invocado en casi todos los diálogos. Su próxima muerte conmueve a un grupo de sus amigos. Estos amigos están planeando montar una obra teatral y cuando uno de los intérpretes desiste, no tienen mejor idea que invitar a George Riley a que lo reemplace.
En tono de comedia de salón, con alguno que otro diálogo un poco subido de tono, la sonrisa del espectador está descartada.
Los intérpretes, Sabine Azema, con su carismática presencia, Michel Vuillermoz e Hyppolite Girardot, con sus tonos de seriedad impasible (no nos olvidemos que son intérpretes franceses, hablando en francés, caracterizando a flemáticos personajes ingleses de la ciudad de York).
A ellos se les unen Caroline Sihol (una impasible Tamara), Sandrine Kiberlain (la ex-mujer de George Riley, Monica), quien está viviendo con Simeón (André Dussollier) un explosivo agricultor.
No voy a contar el desarrollo de la obra porque algo que tiene de bueno es su continuo ascenso hacia situaciones cada vez más y más impensadas que asombran al espectador.
La música, muy acertada también, es de Mark Snow, como la de las últimas películas de Alain Resnais desde "Las hierbas salvajes".
Un espectáculo delicioso para disfrutar con todas las ganas de vivir de Alain Resnais en la que quizás sabía que era su despedida.
Trailer en portugués para su estreno en Brasil
Nueve puntos es mi calificación para "Amar, beber y cantar"
Bienvenido a mi mundo
gracias por la imagen a Germán Banchio
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domingo, 12 de octubre de 2014
sábado, 30 de noviembre de 2013
Besos para todos (La Buche) (Daniele Thompson, 1999)
Llega la Navidad y todos nos ponemos un poco sensibles. Pero para la familia que retrata Daniele Thompson, esta magnífica realizadora monegasca, es un punto de corte.
Hay muchas historias que han quedado en el camino de los años y que reviven todas juntas frente a los conflictos que se desatan al llegar la Navidad.
Comienza el film con las escenas del entierro del marido de Yvette (Francoise Fabian). La nota de humor negro es que cuando bajan el ataúd, comienza a sonar su celular. Debe ser Janine, dice Yvette. Janine era la primera mujer del muerto e Yvette no le avisó, "dejará de sonar cuando se agote la batería".
Las tres hijas de Yvette son bien distintas. Sonia (Emmanuelle Beart), es la esposa de un ejecutivo y como tal se comporta. Louba (Sabine Azema) canta en un restaurante ruso, pues el padre de ellas, Stanislas (Claude Rich) es de origen ruso. Milla (Charlotte Gainsbourg), la más joven, es la oveja negra de la familia.
En la casa de Stanislas, hay un taller donde está viviendo Joseph (Christopher Thompson). Hijo de una antigua amante de Stanislas, se ha separado de su mujer y de su hijita de 5 años.
Louba está embarazada pero no sabe cómo decírselo a su amante Gilbert (Jean-Pierre Darrousin) cuya legítima mujer también está esperando a un cuarto hijo. Como Gilbert trabaja en una inmobiliaria, utilizan los departamentos que tiene para mostrar para sus encuentros.
La primer película de Daniele Thompson ya nos muestra su filiación de Alain Resnais. Una gran película coral donde los personajes siguen cada uno su camino y se cruzan en las alegrías y las aflicciones.
La Navidad es el detonante de muchas verdades no dichas y secretos escondidos.
Todo esto matizado por el verdadero cine francés, el de las realidades cotidianas y los sentimientos sin exacerbar, hace que la película sea un vehículo para emociones que pueden ser compartidas por todos los espectadores.
La buche
Ocho puntos para La Buche.
Hay muchas historias que han quedado en el camino de los años y que reviven todas juntas frente a los conflictos que se desatan al llegar la Navidad.
Comienza el film con las escenas del entierro del marido de Yvette (Francoise Fabian). La nota de humor negro es que cuando bajan el ataúd, comienza a sonar su celular. Debe ser Janine, dice Yvette. Janine era la primera mujer del muerto e Yvette no le avisó, "dejará de sonar cuando se agote la batería".
Las tres hijas de Yvette son bien distintas. Sonia (Emmanuelle Beart), es la esposa de un ejecutivo y como tal se comporta. Louba (Sabine Azema) canta en un restaurante ruso, pues el padre de ellas, Stanislas (Claude Rich) es de origen ruso. Milla (Charlotte Gainsbourg), la más joven, es la oveja negra de la familia.
En la casa de Stanislas, hay un taller donde está viviendo Joseph (Christopher Thompson). Hijo de una antigua amante de Stanislas, se ha separado de su mujer y de su hijita de 5 años.
Louba está embarazada pero no sabe cómo decírselo a su amante Gilbert (Jean-Pierre Darrousin) cuya legítima mujer también está esperando a un cuarto hijo. Como Gilbert trabaja en una inmobiliaria, utilizan los departamentos que tiene para mostrar para sus encuentros.
La primer película de Daniele Thompson ya nos muestra su filiación de Alain Resnais. Una gran película coral donde los personajes siguen cada uno su camino y se cruzan en las alegrías y las aflicciones.
La Navidad es el detonante de muchas verdades no dichas y secretos escondidos.
Todo esto matizado por el verdadero cine francés, el de las realidades cotidianas y los sentimientos sin exacerbar, hace que la película sea un vehículo para emociones que pueden ser compartidas por todos los espectadores.
La buche
Ocho puntos para La Buche.
domingo, 10 de noviembre de 2013
Un domingo en el campo (Bertrand Tavernier, 1984)
¡Ah!, es un placer ver un film así. Lleno de la magia del otoño en la campiña francesa y de la magia melancólica de un pintor, el señor Ladmiral, que en un domingo de principios del siglo XX, recibe a sus hijos de visita en su casa del campo.
Como cada domingo, su hijo Gonzague (Michel Aumont) viaja con su mujer y sus tres hijos, Emile, Lucien y Mireille, desde París en tren, a pasar el día con su padre (Louis Ducreux).
Gonzague trabaja en una oficina y su mujer, Marie-Therese (Genevieve Mnich) fue asistente en esa misma oficina, pero desde que tuvo a sus hijos dejó de trabajar para dedicarse a su casa.
Muchas de estas pequeñas notas de sus vidas nos son contadas por una voz en off que llena los agujeros de la historia.
Lo bucólico del lugar, la siesta luego del almuerzo, todo, se ve perturbado por la intempestiva llegada de Irene (Sabine Azema). Irene llega conduciendo su auto y con su flamante perro llamado Caviar.
Despierta a los durmientes, abraza y besa a Mireille y a su padre, y juega con su perro Caviar.
Luego, en una escena de maravillas, que ya querría haber tenido Renoir presente para pintarla, lleva a su padre a una taberna al borde del río, donde hay músicos y la gente baila, los valsecitos franceses.
Ella pide una copa de cerezas con aguardiente y él una de menta.
Hay un pescador que está rondando a la mujer del dueño de la taberna y le regala un pescado. Mientras que el dueño lo espanta.
Todo esto, con una dulzura, con un amor a la vida y con una falta de aceleración total. Nada es compulsivo, nada es ruidoso ni estridente.
Y finalmente Irene se va, tan repentinamente como llegó, en su auto. Gonzague y su familia se quedan a cenar con su padre que pide que no lo dejen solo y luego parten de regreso en el tren.
De vuelta de la estación, el señor Ladmiral, decide descartar el cuadro que estaba pintando y coloca una tela en blanco sobre el atril.
La música es de nada más ni nada menos que de Fauré y agrega una nota deliciosa a la fotografía y el ritmo de la película.
La fotografía es una delicia, tanto de los matices soleados del jardín y del parque, como de los interiores cargados de objetos hermosos, pinturas, muebles y hasta mantones.
Es una película que todos debieran ver, para reconciliarse con la vida y decidir que cuando la muerte llegue, ojalá nos encuentre así, como al señor Ladmiral, en su casa y visitado por sus hijos.
Irene y sus recuerdos
"Un domingo en el campo" se lleva los diez puntos en mi calificación.
Como cada domingo, su hijo Gonzague (Michel Aumont) viaja con su mujer y sus tres hijos, Emile, Lucien y Mireille, desde París en tren, a pasar el día con su padre (Louis Ducreux).
Gonzague trabaja en una oficina y su mujer, Marie-Therese (Genevieve Mnich) fue asistente en esa misma oficina, pero desde que tuvo a sus hijos dejó de trabajar para dedicarse a su casa.
Muchas de estas pequeñas notas de sus vidas nos son contadas por una voz en off que llena los agujeros de la historia.
Lo bucólico del lugar, la siesta luego del almuerzo, todo, se ve perturbado por la intempestiva llegada de Irene (Sabine Azema). Irene llega conduciendo su auto y con su flamante perro llamado Caviar.
Despierta a los durmientes, abraza y besa a Mireille y a su padre, y juega con su perro Caviar.
Luego, en una escena de maravillas, que ya querría haber tenido Renoir presente para pintarla, lleva a su padre a una taberna al borde del río, donde hay músicos y la gente baila, los valsecitos franceses.
Ella pide una copa de cerezas con aguardiente y él una de menta.
Hay un pescador que está rondando a la mujer del dueño de la taberna y le regala un pescado. Mientras que el dueño lo espanta.
Todo esto, con una dulzura, con un amor a la vida y con una falta de aceleración total. Nada es compulsivo, nada es ruidoso ni estridente.
Y finalmente Irene se va, tan repentinamente como llegó, en su auto. Gonzague y su familia se quedan a cenar con su padre que pide que no lo dejen solo y luego parten de regreso en el tren.
De vuelta de la estación, el señor Ladmiral, decide descartar el cuadro que estaba pintando y coloca una tela en blanco sobre el atril.
La música es de nada más ni nada menos que de Fauré y agrega una nota deliciosa a la fotografía y el ritmo de la película.
La fotografía es una delicia, tanto de los matices soleados del jardín y del parque, como de los interiores cargados de objetos hermosos, pinturas, muebles y hasta mantones.
Es una película que todos debieran ver, para reconciliarse con la vida y decidir que cuando la muerte llegue, ojalá nos encuentre así, como al señor Ladmiral, en su casa y visitado por sus hijos.
Irene y sus recuerdos
"Un domingo en el campo" se lleva los diez puntos en mi calificación.
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